Por Camilo Villamizar Plazas
La tierra y la sombra de César Acevedo es la topografía emocional de una familia colombiana. El espacio en el cual se ambienta, un inacabable cañaduzal que se extiende hasta el horizonte, es al mismo tiempo una denuncia de lo que los ingenios azucareros han hecho con el paisaje del Valle del Cauca y una metáfora visual del estado emocional en el cual se encuentran los personajes: invadidos por un océano de sentimientos contenidos que amenazan con hacer combustión en cualquier momento y cubrirlos por completo entre sombras y cenizas. Se trata de un cáncer, de una enfermedad.
La tierra y la sombra de César Acevedo es la topografía emocional de una familia colombiana. El espacio en el cual se ambienta, un inacabable cañaduzal que se extiende hasta el horizonte, es al mismo tiempo una denuncia de lo que los ingenios azucareros han hecho con el paisaje del Valle del Cauca y una metáfora visual del estado emocional en el cual se encuentran los personajes: invadidos por un océano de sentimientos contenidos que amenazan con hacer combustión en cualquier momento y cubrirlos por completo entre sombras y cenizas. Se trata de un cáncer, de una enfermedad.
La película, bellamente fotografiada por Mateo Guzmán y cargada de la ya característica dirección de arte de Marcela Gómez (siempre sutil, siempre íntima y que construye un universo de objetos significantes que no son arbitrarios), es un poema visual que construye con gran plasticidad un paisaje que más que geográfico es puramente emocional. Cada plano, cada imagen de la película, supera sus límites narrativos y busca convertirse en una imagen evocativa, casi en un momento sagrado que el espectador tiene la fortuna de poder presenciar. Esa es probablemente la mayor virtud de La tierra y la sombra: su capacidad para extraer del conjunto personaje-espacio significados que desbordan su pequeña trama.
