Por Johny Andrés Martínez Cano
Este texto fue gestado y escrito, en parte, en el Taller de crítica y periodismo cinematográfico ofrecido en el marco de la versión 56 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias. Además, se alimentó de los diálogos y discusiones sostenidos con varias personas durante los días que duró el Festival.
cínico, ca. 1. adj. Dicho de una persona: que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas.He escuchado de varias personas que han visto la película estos comentarios que reelaboro, reorganizo e incluso, quizás, reinvento: “parece un documental, pero es una ficción”; “es una película basada en hechos reales, pero no lo son”; “el filólogo se ve como un buen profesor, pero es un manipulador”. La ambigüedad, o la duplicidad, de absolutamente todo —del formato de la película, de su veracidad, de sus personajes y sus discursos, del mundo, en el fondo— parece el principio rector de La academia de las musas, de José Luis Guerín, director con una amplia trayectoria: En construcción (2001), En la ciudad de Sylvia (2007), Correspondencias (2011), por nombrar solo algunos títulos.
Entramos a este juego doble en el momento en el que inicia la proyección, pues resulta extraño que un largometraje que se cataloga como ficción en la competencia oficial del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias se presente como el registro audiovisual del experimento del profesor Raffaele Pinto en el Departamento de Filología de la Universidad de Barcelona. El uso de la cámara, sus encuadres y la actitud espontánea de aquellos que parecen ser grabados naturalmente nos hace sospechar: ¿estamos frente a un documental? Claro, el recurso de la ambigüedad no es nuevo, pero parece hacer que establezcamos un pacto con la película: todo lo que aquí se diga puede parecer una cosa, pero puede ser otra, al mismo tiempo.







