Por Camilo Villamizar Plazas
La siguiente es una reseña disfrazada de epístola sobre una película epistolar. Se trata de una reacción no pedida y una interlocución respetuosa a una carta ajena que por cosas de la vida tuve la fortuna de interceptar y me cautivó y despertó un gran entusiasmo. Uno de los proyectos beneficiarios del Premio nacional Cinemateca para la circulación de documentales, el cortometraje documental El susurro de un abedul (Diana Montenegro, 14 min. 2015) es una carta hipnótica y bella que merece la atención de un público más amplio.
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| Foto de El susurro de un abedul. |
Bogotá, miércoles 2 de marzo de 2016
Hola, Diana.
Tuve en estos días la fortuna de toparme casi por accidente, durante el evento de cierre de la Cátedra Cinemateca 2015, con tu cortometraje documental El susurro de un abedul. Lo vi sin saber quién eres, sin saber de qué trataba, sin haber escuchado jamás acerca de él; como pocas veces tiene uno la dicha de enfrentarse a una película: sin ningún prejuicio. Tan pronto como terminó la proyección y las luces de la sala principal de la Cinemateca se encendieron supe que lo que acababa de ver me había suscitado tantas cosas que tenía que expulsarlas de alguna manera. Es por eso que me tomo el atrevimiento de escribir este texto, un texto que es una reseña pero que a la vez es una carta, una respuesta no solicitada a una epístola audiovisual entre una nieta y su abuela. Así las cosas, me pareció coherente con tu película, con su naturaleza personal y con la reacción visceral que me generó -lejos de la adecuada distancia que se le pide a un “crítico”-, escribir este texto dirigiéndolo a ti, del mismo modo en que, de forma accidental y oscura, tu película la sentí también dirigida a mí y a todos los que estábamos en esa sala.







