miércoles, 2 de marzo de 2016

Cartas desde Rusia: En respuesta a El susurro de un abedul

Por Camilo Villamizar Plazas

La siguiente es una reseña disfrazada de epístola sobre una película epistolar. Se trata de una reacción no pedida y una interlocución respetuosa a una carta ajena que por cosas de la vida tuve la fortuna de interceptar y me cautivó y despertó un gran entusiasmo. Uno de los proyectos beneficiarios del Premio nacional Cinemateca para la circulación de documentales, el cortometraje documental El susurro de un abedul (Diana Montenegro, 14 min. 2015) es una carta hipnótica y bella que merece la atención de un público más amplio. 

Foto de El susurro de un abedul.

Bogotá, miércoles 2 de marzo de 2016 

Hola, Diana. 

Tuve en estos días la fortuna de toparme casi por accidente, durante el evento de cierre de la Cátedra Cinemateca 2015, con tu cortometraje documental El susurro de un abedul. Lo vi sin saber quién eres, sin saber de qué trataba, sin haber escuchado jamás acerca de él; como pocas veces tiene uno la dicha de enfrentarse a una película: sin ningún prejuicio. Tan pronto como terminó la proyección y las luces de la sala principal de la Cinemateca se encendieron supe que lo que acababa de ver me había suscitado tantas cosas que tenía que expulsarlas de alguna manera. Es por eso que me tomo el atrevimiento de escribir este texto, un texto que es una reseña pero que a la vez es una carta, una respuesta no solicitada a una epístola audiovisual entre una nieta y su abuela. Así las cosas, me pareció coherente con tu película, con su naturaleza personal y con la reacción visceral que me generó -lejos de la adecuada distancia que se le pide a un “crítico”-, escribir este texto dirigiéndolo a ti, del mismo modo en que, de forma accidental y oscura, tu película la sentí también dirigida a mí y a todos los que estábamos en esa sala.

jueves, 27 de agosto de 2015

Montañero Cine: “La plaga”

Montañero Cine es una productora formada por jóvenes colombianos en Buenos Aires, egresados de la Fundación Universidad del Cine (FUC). La visibilidad del largometraje Días extraños, que hizo parte de la competencia oficial internacional del último BAFICI, llamó la atención sobre un conjunto de trabajos realizados en un entre-dos[1], palabra compuesta que define bien las energías, polaridades, logros y contradicciones de una filmografía que pone en tensión el esencialismo de la categoría “cine colombiano”. Este ensayo es el primer artículo conjunto que se publica entre-dos blogs: Un corolario casi inevitable y Pajarera del medio.

Por Andrés Jiménez Suárez[2]

Conocí personalmente a Juan Sebastián Quebrada justo después de la primera proyección de su ópera prima Días extraños (2015) en el marco del 17° BAFICI. Esa noche, también tuve la oportunidad de conocer a Jerónimo Atehortúa Arteaga, Carlos Quebrada Vásquez, Simón Vélez, Hans Dieter Fresen y Juan Lugo Quebrada. Todos ellos colombianos, egresados de la Fundación Universidad del Cine (FUC) e integrantes de una productora establecida en Buenos Aires, Montañero Cine, responsable del mencionado largometraje y de los cortos Ella, la noche (Fresen, 2015) y Por ver la luz en tus pupilas, decía mordicante el réprobo (Vélez, 2015), seleccionados en esta misma edición del BAFICI, dentro de la Competencia de Cortometrajes Argentinos y Panorama, respectivamente. A este grupo deben sumarse Federico Atehortúa Arteaga y Mauricio Sarmiento. 

Juan Sebastián Quebrada, Hans Dieter Fresen y Simón Vélez,
algunos de los miembros de Montañero Cine 

Como lo indica Sergio Becerra en “Ver y ser vistos: notas introductorias sobre cine, diáspora y geo-estética”, el texto de presentación de los dos números de Cuadernos de Cine Colombiano sobre realizadores colombianos en el exterior y Colombia vista por el cine extranjero (números 18 y 19), publicados por la Cinemateca Distrital, estos jóvenes hacen parte de un flujo cada vez mayor de nuevos creadores que buscan programas de formación cinematográfica fuera del país. Una diáspora que amplia los límites geográficos, políticos, estéticos y poéticos de la historia del cine nacional, “explorando fílmicamente otras latitudes, portadoras, tal vez, de otros estilos”. 

viernes, 21 de agosto de 2015

Antes del Fuego: ¿La memoria como instrumento?

Por Camilo Villamizar Plazas*

En su reseña del El abrazo de la serpiente en el periódico El mundo, Jerónimo Atehortúa hablaba de algo que instantáneamente me cuestionó cuando se refirió a “la boyante industria de la memoria”. Siendo consciente de que la memoria es uno de los grandes tópicos que en este momento ocupan al país, no me había detenido hasta el momento a pensar en la posibilidad de que, en medio de la coyuntura, la memoria pudiera convertirse en un bien de consumo, elaborado en masa para ser vendido a una sociedad lo suficientemente ávida de él como para no detenerse a decantarlo. Me surge entonces la pregunta: ¿cómo podemos en el cine, conjunción paradigmática de arte e industria, diferenciar entre aquellos textos que se preguntan honestamente por la memoria y aquellos que se aprovechan de su gran demanda?


Antes del fuego narra la historia ficticia de dos periodistas que tratan de descubrir una conspiración que desembocará en la toma al palacio de justicia el 6 de noviembre de 1985. Se trata de la crónica de una muerte anunciada en la medida en que, pese a estar construida sobre los códigos del thriller, el interés del espectador no radica en querer saber que va a pasar, sino en averiguar como la investigación de los protagonistas se intersectará con la tragedia. Desde su inicio la película utiliza el archivo videográfico (imágenes que tras la repetición constante ya están grabadas en la memoria nacional y son instantáneamente reconocibles) para remarcar, a modo de premonición, cual será el desenlace de la historia. Dichas imágenes aparecen muchas veces a lo largo de la película, y sirven como sustitutos en la narración del clímax que nunca se ve.

lunes, 17 de agosto de 2015

Conversaciones con directores de fotografía (1): David Gallego y "El abrazo de la serpiente"

Por Carlos Mario Mahecha Castañeda

La amplia carrera que ha construido el director de fotografía David Gallego ha adquirido especial notoriedad en la industria nacional e internacional luego de su trabajo en la dirección de fotografía de El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra, 2015), que alcanzó las 11 semanas de exhibición en salas comerciales del país. Su experiencia abarca desde el videoclip hasta el largometraje, pasando por el formato corto, documental y con una muy variada formación académica desde Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, hasta diversos talleres en guión, apreciación cinematográfica, fotografía fija y cinematográfica con maestros como el cubano Adriano Moreno, tomados aquí y en la EICTV, como el taller de Dirección de Fotografía impartido en dicha escuela. Por otro lado, un largo recorrido trabajando como asistente en Congo Films, concretaron sus conocimientos en cinematografía. 

Foto: Emanuel Rojas

Su segundo largometraje titulado Violencia, que estrenará en la segunda mitad del 2015, es dirigido por Jorge Forero quien a su vez produjo La tierra y la sombra (César Acevedo, 2015), recientemente laureada en Cannes, donde Gallego participó como operador de cámara.

El abrazo de la serpiente narra un Amazonas basado en textos del etnólogo alemán Theodor Koch-Grünberg y el biólogo estadounidense Richard Evans Schultes, también protagonistas de la película. El filme narra un encuentro entre occidente y la Amazonia colombiana, en varios de sus matices, por medio de Karamakate (chamán y último sobreviviente de su tribu) y aquellos extranjeros que en épocas distintas viven en esta selva buscando una planta mítica, mientras el primero busca lo que queda de su pueblo arrasado por la invasión occidental.

Un corolario casi inevitable ofrece aquí la oportunidad de conocer y reconocer el trabajo de Gallego en El abrazo de la serpiente, cuya cinematografía en blanco y negro actualiza las fotografías de los viajes de Schultes y, a través de un tratamiento de cámara limpio y cuidadoso, ofrece nuevas perspectivas en la producción de un retrato sobre el amazonas que tantas veces intenta ser evocado por el imaginario nacional aún cuando el desconocimiento de una región tan aislada, y muchas veces marginada, es generalizado. 

jueves, 30 de julio de 2015

El club: Los juicios secretos (IndieBo2015)

Por Andrés Jiménez Suárez

Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas

Génesis 1: 4

La más reciente película del chileno Pablo Larraín, El club, galardonada con el Gran Premio del Jurado en el 65° Festival Internacional de Cine de Berlín (Oso de Plata), es una de las veinte películas hispanoamericanas que conformaron la Sección Encuentros del IndieBo 2015.


El filme relata la historia de cuatro sacerdotes y una monja que conviven en un pequeño domicilio en la alejada población de La Boca, cuya tranquilidad se ve amenazada por un acontecimiento trágico que llama la atención de la Iglesia y parece ser la oportunidad para clausurar de forma permanente esta mal llamada “casa de retiro”; pues, en realidad, se trata de un lugar de confinamiento a donde van a parar presbíteros acusados de cometer actos indecorosos (que no delitos, pues ese es un término acusatorio utilizado por la ley de los hombres que, aparentemente, jamás debería usarse en contra de ninguno de los integrantes de esta comunidad).

lunes, 27 de julio de 2015

Güeros: Más allá del mundo sólido (IndieBo2015)

Por Camilo Villamizar Plazas

Güeros, el primer largometraje del mexicano Alonso Ruizpalacios, es una película encantadora e inteligente. La historia, que cuenta la travesía en múltiples direcciones de Tomás y Sombra, dos hermanos en la Cuidad de México en busca de un hombre que a veces pareciera solo existir en la forma de una voz en un casete, es al mismo tiempo una historia de coming of age, una cartografía social de la capital mexicana y un juego con los límites del aparato cinematográfico. Se trata de una película que no es tanto un road movie como una vagancia, un trasegar sin rumbo aparente que adquiere su sentido sobre la marcha.


Fui a verla con las únicas referencias del tráiler que había visto hace unos meses y el conocimiento de que el filme había ganado el premio a mejor ópera prima en el Festival de Cine de Berlín en el 2014. Lo que esperaba era algo parecido a Temporada de patos (2004) de Fernando Eimbcke, una película sobre un grupo de jóvenes en la Ciudad de México que luchan contra el tedio. Que ambas sean en blanco y negro y que en ambas los personajes enfrenten un déficit de electricidad, ayudó a consolidar mi prejuicio. A los cinco minutos de empezar a ver Güeros me di cuenta de que estaba totalmente equivocado. 

viernes, 24 de julio de 2015

Carmín tropical: Cine de género (IndieBo2015)

Por Andrés Jiménez Suárez

Las primeras imágenes que aparecen en pantalla son las fotografías de un álbum familiar que se suceden lentamente y en absoluto silencio. Son retratos de la infancia de un niño esbelto con la piel tostada a causa de la exposición constante al sol omnipresente de Juchitán. La imagen del muchacho de cabello oscuro y maneras femeninas, franqueada la pubertad, es reemplazada por la de una muxe (travesti): Daniela. Pero, de forma abrupta, al conjunto de imágenes se suman unas fotografías impersonales que describen escrupulosamente el cuerpo amordazado y maltratado de esta joven, que un pescador encontró a la intemperie en Puerto Alacrán una mañana de noviembre.


Carmín tropical, película mexicana que se está presentando en la sección Encuentros del Festival IndieBo 2015, relata el regreso a casa de Mabel, también una muxe, con el único objetivo de encontrar al responsable del asesinato de su amiga Daniela. En principio, se trata de una película de género, un thriller policíaco en donde el papel del detective es interpretado por este travesti que decide volver a su tierra natal y reencontrarse con su pasado y sus viejos amigos después de largos años de ausencia.

martes, 21 de julio de 2015

La tierra y la sombra: Qué verde era mi Valle

Por Camilo Villamizar Plazas

La tierra y la sombra de César Acevedo es la topografía emocional de una familia colombiana. El espacio en el cual se ambienta, un inacabable cañaduzal que se extiende hasta el horizonte, es al mismo tiempo una denuncia de lo que los ingenios azucareros han hecho con el paisaje del Valle del Cauca y una metáfora visual del estado emocional en el cual se encuentran los personajes: invadidos por un océano de sentimientos contenidos que amenazan con hacer combustión en cualquier momento y cubrirlos por completo entre sombras y cenizas. Se trata de un cáncer, de una enfermedad.


La película, bellamente fotografiada por Mateo Guzmán y cargada de la ya característica dirección de arte de Marcela Gómez (siempre sutil, siempre íntima y que construye un universo de objetos significantes que no son arbitrarios), es un poema visual que construye con gran plasticidad un paisaje que más que geográfico es puramente emocional. Cada plano, cada imagen de la película, supera sus límites narrativos y busca convertirse en una imagen evocativa, casi en un momento sagrado que el espectador tiene la fortuna de poder presenciar. Esa es probablemente la mayor virtud de La tierra y la sombra: su capacidad para extraer del conjunto personaje-espacio significados que desbordan su pequeña trama.