viernes, 29 de mayo de 2015

Gente de bien: Una nueva mirada sobre lo coloquial

(Articulo realizado en el marco del IX Taller de Crítica y Periodismo Cinematográfico - Encuentros Cartagena 2015)

Por Andrés Jiménez Suarez



Como todo el mundo (2007) y Rodri (2012) de Franco Lolli, son dos cortometrajes que ahora pueden ser observados por muchos como antesala a su ópera prima Gente de bien (2014), Esto demuestra como este director, incluso desde la realización de dichas obras durante su formación en la escuela La Fémis (Francia), parece proponer una mirada sobre el cine que parece novedosa dentro de la habitual producción nacional.


La madre de Eric, un niño de 11 años, decide irse indefinidamente de la ciudad y por eso debe dejarlo al cuidado del padre, un ebanista con el que el niño apenas parece haber tenido un contacto esporádico. Debido a encontrarse en período de vacaciones escolares de fin de año, el niño debe acompañar frecuentemente a su padre a trabajar en la casa de una familia adinerada. Eric no puede evitar desear vivir en condiciones similares a las de ellos y la incapacidad de su padre para cumplir sus expectativas, genera que la relación con él se vuelva aún más difícil.

Lolli es un director interesado en los dramas familiares y si bien es cierto que en el largometraje retoma algunas situaciones ya desarrolladas en sus cortometrajes, aquí éstas forman parte de un discurso más amplio acerca de los problemas de clase en la sociedad bogotana y nutren la construcción de ese universo que él parece haber recreado para sus películas. Y aquí aparece la palabra recreación porque el acercamiento naturalista a esta historia podría recordar el estilo de realización tan cercano al realismo de los hermanos Dardenne. El contexto en que ocurre esta historia es construido con mucho detalle, al punto de que logra ser un retrato bastante acertado de ciertos sectores de Bogotá (La Candelaria, San Cristóbal Sur y Teusaquillo, barrios tan familiares para la mayoría de los locales), y la idiosincrasia citadina contemporánea, sin otorgarles mayor o menor valor que el que puedan tener.

La narración audiovisual se caracteriza por una cámara en mano que observa insistentemente a los personajes actuando dentro de contextos precisos, lo que no significa que desaproveche la oportunidad de utilizar una planimetría de découpage que es explotada por un montaje dinámico.

La dirección de actores es tal vez el mayor logro de esta película, pues los diálogos de sus personajes no son siempre elementos estrictamente informativos ni parecen tener una estructura rígida, sino que parecen obedecer a una interpretación muy espontánea, que aprovecha las repeticiones, el uso ingenuamente retador de las malas palabras o el mutismo de los niños cuando son confrontados por los adultos, para construir los personajes de los hijos con los matices propios de la pre-adolescencia o la necesidad de los padres por querer controlar lo que ocurre con ellos.


Son dos los personajes que parecen cargar con el mayor peso del discurso de este guion: Eric cree ingenuamente que los divertimentos y las posibilidades materiales que otorga el dinero aseguran la felicidad; mientras que María Isabel, la dueña de la casa (papel interpretado con gran precisión y sobriedad por Alejandra Borrero), alimenta esta ilusión, compartiendo un poco de lo que tiene con Gabriel y su hijo, sin darse cuenta de que no es esto lo que necesitan para recomponer su relación. En ellos se encuentra una posición del autor que en lugar de dejar respuestas, plantea preguntas de orden ético, político y social.

Esta película se interesa por observar atentamente el comportamiento de sus personajes y es por esto que también logra capturar momentos que resultan graciosos y divertidos por lo auténticos que son, tal es el caso del baile de Eric con su padre en el patio del inquilinato o el brevísimo y antipático apretón de manos entre los dos niños cuando María Isabel les ordena reconciliarse después de una pelea infantil. Son momentos de distensión que se ubican a lo largo de toda la película y que hacen ver desde la dirección un gran interés por lo que pueda suceder con el público.

Con Gente de bien se instala una nueva operación formal que puede conjugar sin paternalismos la cultura popular (en un sentido de lo coloquial) y una dramaturgia que se adhiere a una tradición de historias mínimas. El tiempo dramático de la película comprende las vacaciones de final de año durante la celebración de las fiestas navideñas (lo cual hace énfasis en las carencias afectivas e inestabilidad de las relaciones familiares descritas) y sin embargo, aquí no hay ningún tipo de exotización de las costumbres correspondientes.  Lolli parece regresar con esta película a su pasado, esa verdadera patria que Rilke descubrió en la infancia de todos los hombres. Y esta intención provoca que su acercamiento a este universo sea profundamente conmovedor.

Esta nueva mirada se presenta como una gran posibilidad para recuperar el interés de los espectadores colombianos por su cine, un cine que sea capaz de (re)presentar con dignidad y autenticidad la belleza de lo cotidiano, las novenas, los viajes familiares hacia pueblos aledaños, las mascotas familiares y todo lo demás que sirva para contar una buena historia.

Trailer de la película:

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