jueves, 20 de abril de 2017

Editorial: En apoyo al cine argentino

Por Camilo Villamizar Plazas

Me permito utilizar el espacio de este blog, que pese a su intermitencia ha procurado concentrar sus esfuerzos críticos en leer y dialogar con el cine latinoamericano, para expresar una voz de apoyo al gremio audiovisual argentino en medio de su actual disputa, así como para instigar al sector cinematográfico colombiano a expresar, de forma vocal y tajante, su apoyo a las luchas que se están llevando a cabo actualmente en el país del cono sur.

Escribo esto, primeramente, con el propósito de poner a disposición de los lectores tres materiales que me parecen fundamentales para entender lo que está sucediendo en Argentina. El primero es un vídeo que explica cómo funciona el modelo de fomento cinematográfico de ese país:


El segundo es un texto de Diego Batlle en el cual se explican mejor las raíces e implicaciones políticas que de lo que sucede y, finalmente, un texto de Nicolás Prividera en el que se amplía el tema de las negativas repercusiones que todo esto ha tenido para la que quizás es la más inocente víctima de todo, la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC) .

Habiendo puesto estos materiales a disposición de los lectores, quiero expresar desde este blog el apoyo a dicho gremio cinematográfico en su lucha, dejando claro que no solo se trata de la defensa de su cine de la posible desfinanciación, sino además de una demostración al oficialismo macrista de que ni la ENERC, ni el INCAA, ni el cine argentino en general son tableros a disposición de los intereses económicos y el revanchismo político del actual gobierno de ese país, ni van a permitir que su autarquía se vea socavada por éste. 

Dicho apoyo se siente necesario desde la distancia de Colombia por dos razones: la primera y más obvia de todas tiene que ver con la defensa de un modelo nacional y estatal de apoyo a las artes cinematografías que concibe el cine como un bien cultural autónomo de su posible valor comercial y que genera un valor simbólico significativo para las naciones en las cuales se produce; una concepción que comparto y que estoy dispuesto a defender donde sea que se ponga en tela de juicio.

La segunda razón tiene que ver con las causas comunes del cine colombiano y argentino y del cine latinoamericano en general. No es un secreto que el modelo de fomento al cine existente en Colombia tomó (entre muchos otros) como modelo a seguir al sistema argentino. Dicho modelo, que existe desde los años 90s (lo cual lo convierte en una política del menemismo neoliberal y no del kirchnerismo) ha sido un ejemplo a seguir y es el indiscutible motor de la que tal vez es la más consolidada industria cinematográfica de América Latina (tanto en volumen de producción como en calidad). Ese modelo ha además permitido que Argentina se convierta en un socio estratégico para Colombia en términos cinematográficos: son muchas las películas co-producidas con ese país (ej.: Oscuro animal de Felipe Guerrero) y son aún más los realizadores colombianos que se han formado allá, tanto en la ENERC, la escuela estatal, como en la FUC, que pese a ser privada no hubiese podido existir en un clima diferente al que propició la ley de cine.

Si se tienen en cuenta además las raíces políticas de todo el asunto (la llegada al poder del privatizador y reaccionario macrismo), es difícil no sentir que la solidaridad entre los gremios cinematográficos de la región se tornará cada vez más necesaria conforme concluya la década. Crisis políticas como la que sucede actualmente en Brasil (que también afecto al cine a través de la polémica suscitada por el film Aquarius) y las futuras elecciones presidenciales que tendrán lugar en Colombia en medio de la más absoluta polarización, dejan ver un clima de incertidumbre frente a políticas públicas como las que sustentan al fondo de fomento argentino o al FDC colombiano.

El cine latinoamericano, menos una entidad concreta y mucho más una red de formación, producción y distribución, ha logrado ocupar un lugar privilegiado en el panorama cinematográfico contemporáneo gracias a políticas como la que está en juego en Argentina. Es por lo tanto un deber de esa red resistir en conjunto y en solidaridad.

Solo me queda invitar a otros sectores del audiovisual colombiano a pronunciarse y reiterar que el cine colombiano y el cine argentino se autofinancian, se autovalidan y se defienden.

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