domingo, 19 de abril de 2015

Jauja: “El desierto se come todo” (FICCI 55)

(Articulo realizado en el marco del IX Taller de Crítica y Periodismo Cinematográfico - Encuentros Cartagena 2015)

Por Camilo Villamizar Plazas

Al salir de ver Jauja por segunda vez, no puedo evitar sentir que mi existencia es algo totalmente insignificante, efímero e intrascendente.


Esta fantástica obra de contemplación metafísica parece decir que cualquier apego es un espejismo y que la felicidad es una quimera similar a cualquier Jauja o El Dorado, tierras prometidas de abundancia y sosiego en cuya búsqueda, como se aclara al principio de la película, han perecido muchos hombres. Esta visión del mundo no es novedosa, se ha escrito por montones acerca de estos temas, y en el caso de Jauja lo que resulta realmente impactante es la fuerza con la cual esas ideas se logran trasmitir por medio del solo hecho de observar, de entablar una relación con el mundo a través del cine.

Una película como esta requiere de un espectador sensible, abierto a ver en la pantalla algo más que un vehículo para contar historias. Aunque podría parecer en primera instancia que se trata de una adaptación argentina del western (es ineludible la comparación con The Searchers de John Ford), o de una película de aventuras, ese no parece ser el interés de Alonso en la cinta.

El polémico final, más allá de los significados oníricos que se le puedan adjudicar, es un aborto por parte de la película de cualquier pretensión narrativa. Se trata de una transformación más que nada formal en la cual la película invalida su propia anécdota y universaliza su subtexto, verdadero fin de esta cinta. Al cambiarse el protagonista y el contexto, Alonso parece querer incomodar al espectador y enfatizar que la importancia de la película no está en los caballos, el paisaje y los bonitos vestidos de época, sino en un conjunto de ideas acerca de la vida, la trascendencia y en última instancia, la pequeñez de los seres humanos.

Este rechazo a lo narrativo es perfectamente coherente con el contenido de la película. Así como Alonso niega la idea de que la vida sea una cadena de acontecimientos impulsados por las relaciones personales, y que tienen como fin último la trascendencia o la felicidad; se opone también a la idea del cine como sucesión de eventos ordenados causalmente, como una teleología narrativa que nos lleva de un comienzo a una final satisfactorio para el espectador. Esa es la clave de esta película y lo que la convierte en un ejercicio magistral de cine: el profundo vínculo entre lo formal y el contenido, o mejor dicho, la maestría con la cual el contenido reposa puramente en lo formal, sin requerir ser citado textualmente.

Ello se ve también en las actuaciones: lejos de todo artificio interpretativo, Alonso hace que sus actores se contengan y lleven sus niveles de expresividad al mínimo necesario. Esto es bastante notorio cuando es un actor como Viggo Mortensen el que protagoniza Jauja, pues es alguien que nos ha acostumbrado a interpretaciones grandilocuentes. En muchos casos los personajes simplemente están ahí, ocupando un espacio o yendo de un lugar a otro, y cuando salen del cuadro pareciera que dejaran de existir momentáneamente hasta que reaparecen en el siguiente. Se trata de nuevo de una negación de que en ellos haya algo más que un simple habitar el espacio.

A propósito de la puesta en cuadro, siempre en trípode, siempre cuidada y casi siempre muy abierta, Alonso toma dos decisiones que resultan de gran importancia. Por un lado la duración de los planos, muy distendida en toda la película, da cuenta de que el director busca que el espectador entable una relación con el mudo de una cualidad meramente contemplativa; en ello se demuestra una gran reverencia por la realidad y, de nuevo, una negación del cine como artificio narrativo. Por otro lado están los cortes, muy a menudo los planos inician antes de que el personaje entre al cuadro y terminan un poco después de que lo abandonan, enfatizando la cualidad transitoria que las personas tienen dentro del espacio, minimizando su importancia narrativa.


Esa atención por la forma está en toda la película: cada frase, cada plano y cada sonido juegan un papel esencial en la transmisión de esa sensación de vacío existencial. Con una economía de recursos que responde a una posición autoral sobre el cine, Jauja lleva al espectador a un desierto infinito y salvaje que “se lo come todo” y en el cual el personaje cree estar buscando algo cuando realmente lo está perdiendo poco a poco, el desierto lo devora en el momento en el que adquiere conciencia de que está solo en el mundo y acepta su pequeñez: se arrodilla en medio del paisaje bajo el cielo nublado.

Salgo de ver Jauja por segunda vez con la última pregunta que la anciana Ingeborg le hace al capitán Gunnar Dinesen resonando en mi cabeza: “¿Qué es lo que hace que una vida funcione y que siga adelante?”. Y yo me pregunto, tras ver esta película, ¿qué es lo que hace que el cine funcione y continúe existiendo? Con cada decisión formal Lisandro Alonso parece estar buscando una respuesta a esa pregunta por el método sustractivo: quitando uno a uno todos los artificios y añadiduras posibles, procurando hallar cuál es la mínima esencia del arte cinematográfico, en donde radica su pequeñez, aquella sin la cual el cine no podría existir. Todo lo demás se lo come el desierto.


2 comentarios:

  1. "...en ello se demuestra una gran reverencia por la realidad". ¿No contradice el resto de su tesis? Como tal toda la fotografía, incluído el encuadre, y la decisión sobre las locaciones (por más reales que sean), aún el diseño sonoro, dirigen al espectador a un ámbito más "onírico" que real, sin decir con ello que el relato se reduzca al sueño. Al contrario, como lo ha dicho, Lisandro Alonso, más allá de comprometerse con la realidad, lo hace con la existencia y sus curiosidades. Negar el artificio narrativo no es necesariamente acoger la realidad. Gracias por el muy buen artículo sobre una película que merece ser vista. Buena interpretación.

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    1. Creo que usted tiene razón, sin embargo me gustaría matizar la expresión que usé. Creo que Alonso tiene le confiere a la realidad un gran potencial onírico, de hecho, un gran potencial audiovisual en general. No creo que Jauja sea una película realista en el sentido mimetico de la palabra, sino una película preocupada en como el cine entabla una relación con la realidad, y como a partir de ella se construye un discurso. Esa reverencia se nota en la cualidad contemplativa de todo su cine, pues no solo elude y minimiza el artificio narrativo, también otros como el montaje y los movimientos de cámara.

      Gracias por comentar y cuestionar lo escrito. De acuerdo con que Jauja merece ser vista.

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